Jueves 5 de Febrero de 2026

OPINIÓN

5 de febrero de 2026

Cuando creer tener razón se convierte en una forma de poder

En la Argentina de hoy, la mayor forma de dominación no pasa solo por la economía sino por el control del sentido común. Nietzsche lo advirtió hace más de un siglo: no hay ceguera más peligrosa que confundir una perspectiva con la verdad absoluta.

Editorial por Gustavo González La Argentina atraviesa un tiempo donde disentir se ha vuelto un acto de resistencia. No frente a una dictadura formal, sino ante algo más sutil y persistente: la imposición de una única forma de mirar la realidad. Un relato cerrado que no admite fisuras, dudas ni matices. Hoy, quien cuestiona es tildado de enemigo. Quien señala contradicciones, de cómplice del pasado. Quien sufre las consecuencias del ajuste, de ignorante. No hay debate: hay sentencia. No hay diálogo: hay descalificación. Nietzsche hablaba de esta ceguera. No la del que no ve, sino la del que cree ver todo. La del que confunde su perspectiva con una verdad universal. Esa ceguera es funcional al poder, porque anula la crítica y deshumaniza al otro. Cuando una sociedad acepta sin discusión que “no hay alternativa”, que “el mercado lo resuelve todo” o que “el sacrificio es inevitable”, deja de pensar y empieza a obedecer. Y ahí las ideas ya no explican la realidad: la justifican. El problema no es tener convicciones. El problema es convertirlas en dogmas. Porque cuando una idea se vuelve incuestionable, deja de ser pensamiento y pasa a ser ideología pura. Y toda ideología cerrada necesita enemigos para sostenerse. En este clima, la polarización no es un accidente: es una herramienta. Divide, simplifica, enfrenta. Reduce una realidad compleja a consignas de redes sociales. Y en ese ruido permanente, las verdaderas discusiones —trabajo, salario, producción, desigualdad— quedan fuera de escena. Nietzsche tenía razón: la ceguera más peligrosa es creer que la propia mirada es la única posible. Porque cuando eso ocurre, ya no se gobierna con argumentos, sino con fe. Y la fe, en política, nunca termina bien.

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